
Esta es la historia de dos hermanas que vivieron a principios del siglo XX, eran jóvenes mujeres campesinas que cocinaban para la familia y la "pionada", lavaban en el río y cosían toda la ropa a mano.
Siempre soñando en lo más hondo de su ser con encontrarse un buen hombre para "casarse bien" y vivir haciendo hijos, cocinando, lavando en el río y cosiendo para su propia familia.
Pero las hermanas no eran iguales. Una de ellas, Camila, era hermosa, con sus rizos siempre recatadamente trenzados, mirada arrogante y deseo de vivir experiencias nuevas.
Su hermana Rosa era un año menor, no tan altiva, más sencilla y hecha a la idea de que era la sombra de su hermana.
Y no era para menos, pues tanto ella como toda su familia sabían que, probablemente, nunca se casaría.
Y es que, ¿quién iba a querer a una muchacha con una pierna más corta que la otra? Que al caminar hacía punto y coma, y que tal vez ni iba a poder "echar hijos a este mundo"
Pero un día el novio de Camila, que se había conseguido en lo que iba y volvía de misa de siete, le dijo que iba a ir a pedir su mano.
Su corazón le dio un brinco de gusto y quedó con el muchacho en que él llegaría en la tardecita, pero ella , claro , se haría de las nuevas (como Dios manda).
Juan Ignacio llegó a las tres de la tarde, con sus pantalones bien planchados y un nudo en la garganta, le contó al padre de Camila sus intenciones de casamiento y le ofreció hasta cortarle una carretada de leña para que el gamonal se convenciera de lo hombre que era.
Por un lado salió Juan Ignacio y por otro comenzó a impacienterse Camila: "¿qué le habría dicho Juan? ¿y qué le contestaría papá?"
A la hora de la cena el viejo solo dijo:"Rosa, vaya buscándose un vestido porque mañana se casa con Juan Ignacio Varela"
En un acto de caridad paterna el viejo aceptó al yerno, pero para la hija que él sabía que nunca encontraría marido.
Es innecesario decir que ese matrimonio estuvo destinado a la ruina, nunca se hablaron. Rosa fue la perfecta ama de casa, la perfecta anfitriona y hasta la perfecta madre pues sí echó cuatro hijos a este mundo. Pero el hielo que se sentía en esa casa era glacial y por supuesto que había "pingüinos en la cama" (aunque todavía Arjona no había inventado la canción)
Camila por su parte decidió vengarse de su padre consiguiéndose al novio más detestable para éste y su familia, así que se buscó un artista. El único hombre del pueblo que en vez de traer en la tarde las vacas para el ordeño, se quedaba en el monte viendo las rojas puestas de sol y dibujándolas en un cuadernillo que compró en la capital. El mismo que en vez de aporrear frijoles hacía flautitas de bambú y las tocaba sentado sobre una piedra todo el día.
Siempre soñando en lo más hondo de su ser con encontrarse un buen hombre para "casarse bien" y vivir haciendo hijos, cocinando, lavando en el río y cosiendo para su propia familia.
Pero las hermanas no eran iguales. Una de ellas, Camila, era hermosa, con sus rizos siempre recatadamente trenzados, mirada arrogante y deseo de vivir experiencias nuevas.
Su hermana Rosa era un año menor, no tan altiva, más sencilla y hecha a la idea de que era la sombra de su hermana.
Y no era para menos, pues tanto ella como toda su familia sabían que, probablemente, nunca se casaría.
Y es que, ¿quién iba a querer a una muchacha con una pierna más corta que la otra? Que al caminar hacía punto y coma, y que tal vez ni iba a poder "echar hijos a este mundo"
Pero un día el novio de Camila, que se había conseguido en lo que iba y volvía de misa de siete, le dijo que iba a ir a pedir su mano.
Su corazón le dio un brinco de gusto y quedó con el muchacho en que él llegaría en la tardecita, pero ella , claro , se haría de las nuevas (como Dios manda).
Juan Ignacio llegó a las tres de la tarde, con sus pantalones bien planchados y un nudo en la garganta, le contó al padre de Camila sus intenciones de casamiento y le ofreció hasta cortarle una carretada de leña para que el gamonal se convenciera de lo hombre que era.
Por un lado salió Juan Ignacio y por otro comenzó a impacienterse Camila: "¿qué le habría dicho Juan? ¿y qué le contestaría papá?"
A la hora de la cena el viejo solo dijo:"Rosa, vaya buscándose un vestido porque mañana se casa con Juan Ignacio Varela"
En un acto de caridad paterna el viejo aceptó al yerno, pero para la hija que él sabía que nunca encontraría marido.
Es innecesario decir que ese matrimonio estuvo destinado a la ruina, nunca se hablaron. Rosa fue la perfecta ama de casa, la perfecta anfitriona y hasta la perfecta madre pues sí echó cuatro hijos a este mundo. Pero el hielo que se sentía en esa casa era glacial y por supuesto que había "pingüinos en la cama" (aunque todavía Arjona no había inventado la canción)
Camila por su parte decidió vengarse de su padre consiguiéndose al novio más detestable para éste y su familia, así que se buscó un artista. El único hombre del pueblo que en vez de traer en la tarde las vacas para el ordeño, se quedaba en el monte viendo las rojas puestas de sol y dibujándolas en un cuadernillo que compró en la capital. El mismo que en vez de aporrear frijoles hacía flautitas de bambú y las tocaba sentado sobre una piedra todo el día.
Pero ese matrimonio tampoco acabó bien, a ella la movían las represalias, el rencor y a él el hastío, la monotonía, el tedio.
Nadie amó, nadie disfrutó, nadie fue feliz. Pero todos fueron ciudadanos respetables de nuestra comunidad. Igual se murieron como me voy a morir yo que espero amar, disfrutar y ser feliz aunque tal vez nadie me considere una ciudadana respetable de la comunidad.
Sí, de veras pasó.