domingo, 30 de noviembre de 2008

Primera comunión

El día de mi primera comunión (como para muchos católicos), es algo memorable

Había tanta gente en la iglesia que casi no se podía respirar y flotaba en el aire una sensación de que aquello era más un desfile de modas infantil(totalmente apoyado por las madres), que la celebración de un sacramento religioso. A pesar de que precisamente ese año el progresista cura empezó a pedir austeridad para la ceremonia

Mis papás con el afán de ser buenos católicos y para medirse el bolsillo, fueron obedientes a la sugerencia del sacerdote consiguiéndome un sencillo vestido blanco de segunda mano para la ocasión. Además ellos sabían que no lo tendría puesto durante mucho rato

En efecto para cuando la ceremonia terminó yo solo quería quitarme el vestido, que me picaba y me hacía sentir que no era yo

Hay una tradición aquí que consiste en que cuando los niños hacen su primera comunión y la ceremonia en la iglesia termina, los niños y niñas van por el barrio mostrándole su ropa nueva a familiares, vecinos y conocidos, para a cambio recibir dinero y una felicitación

Yo me salté esa parte porque mi mamá dijo que una hija suya no iba a andar mendigando unas monedas por la calle. Yo pensaba que no eran unas cuantas monedas, se juntaba mucho en esos recorridos, pero bueno, el orgullo pudo más

Dichosamente algunos familiares me dieron un poco de dinero en la iglesia y también mi tía "China" me regaló mi primer libro. Me sentía adulta y me gustó más que otros regalos que ni siquiera recuerdo ahora

Por eso mientras mi amiga y vecina Ana iba en su recorrido por el barrio en busca de dinero yo me quité el vestido, el velo y la corona y me senté a leer en "shorts", camiseta y tenis

Cuando ella volvió nos fuimos a las Fiestas Patronales de Barrio, en donde a ella le piropeaban el vestido y a mi me preguntaban si yo no había hecho también la primera comunión. Ahí aprendí que "el hábito no hace al monje"

Yo contestaba con vehemencia que sí la había hecho, pero que me había quitado el vestido. Claro que nadie me creía, y hasta me veían con mirada de lástima e incredulidad como pensando:
"Pobrecita, no es cierto y si lo es qué chiquita más rara"

En fin que nos gastamos hasta la última moneda apostando en los juegos de azar, comprando golosinas y subiendo a los juegos mecánicos. Cuando la plata se gastó me fui a casa a seguir leyendo